Últimamente cuesta imaginar un mundo mejor. El presente se desmorona y el futuro no parece prometedor. Así llegamos muchas adultxs a las aulas y cuesta “vender” la posibilidad de cambiar el mundo, sobre todo, a quienes diariamente llevamos este prisma de manera troncal en nuestros proyectos educativos.
Llegamos con una sonrisa forzada después de haber visto las noticias, y en clase toca decir que el presente tiene sus cosas buenas y que “son el futuro”.
Como no queremos caer en “buenismos”, pero sí que la crítica venga acompañada de la esperanza, hemos estado probando una dinámica en aula (una de tantas, vamos, pero esta ha estado funcionando bien) y queremos compartirla.
Tras varias sesiones con el grupo —entrar de repente con esta actividad quizás sería demasiado intenso—, un día entramos al aula con un buen paquete de notas adhesivas, post-its vamos (si pueden ser bonitos, mejor) y los repartimos. Les pedimos un ejercicio que parece sencillo: “Escribid un momento, situación o recuerdo en el que alguien os haya hecho sentir bien” (recalcamos: bien implica sentirse escuchadx, reconocidx, valoradx…). Una puntualización: “pensad más allá de vuestros padres y madres”.
Les contamos que recogeremos sus escritos solo si quieren y que no los leeremos en alto si ese no es su deseo.
Les dejamos unos minutos.
Lanzamos una nueva premisa: “¿Qué valor estaba esa persona practicando?”. Ahora viene el ruido en el aula: manos y voces levantadas, “¿qué es eso de los valores?”. Así que redirigimos la pregunta al grupo y apuntamos en la pizarra algunos de los que salen. Llevan estudiando valores desde peques, saben más de lo que creen. “Valentía”, “cuidado”, “empatía”… Juramos que salen palabras.
Tras el miedo inicial superado, volvemos a dejarles unos minutos para que apunten un valor en su nota.
Soltamos una bomba: si alguien quiere leer su papel en alto, que lo haga. En la ESO la suelen desactivar rápido: todo el mundo en silencio y sin pestañear.
Recogemos los aportes escritos de quienes quieren, se lo agradecemos. A quienes se lo guardan en el estuche, también.
Inicialmente programamos 10 minutos para este ejercicio. Era un calentamiento, una forma de iniciar la conversación. Evidentemente, no fue así: el tiempo de diálogo se fue ampliando.
Esta ampliación se debía, principalmente, a que les costaba un montón, pero un montón, un montón, pensar en una situación en la que alguien les hubiera hecho sentir bien. Pupitre tras pupitre nos paseábamos preguntándoles sobre qué hacían sus amigxs para quererles, escucharles, comprenderles; si alguna vez habían cambiado de centro y hubo alguien que les tendió la mano; si practicaban algún deporte y qué sucedía en esas canchas….
Queríamos que fueran más allá del hogar, de sus padres y madres (también por incluir a quienes no contaban con esas figuras o no habían sido positivas en sus vidas). Queríamos que pudieran reconocer un mundo en el que los actos de cuidado van más allá de las paredes de una casa.
Tras la recopilación de las notas abríamos un pequeño conversatorio: ¿era esta una actividad fácil o difícil? ¿Les había costado? ¿Les hubiera costado menos si les hubiéramos pedido que escribiesen una situación en la que alguien les hiciera sentir mal? Demasiadas preguntas. Una a una, diferentes en cada grupo, específicas para cada aula, íbamos desenmarañando una realidad que se repetía: recordar el dolor que otros les habían infligido era más sencillo que recordar los cuidados que recibían constantemente. Darle importancia, significar, lo primero, parecía más sencillo que hacer lo mismo con lo segundo. ¿Por qué?
Nuestra hipótesis: no es que nuestra naturaleza humana nos haga recordar más “lo malo”, sino que nuestra actualidad parece enquistada en darle vueltas a lo terrible. Y darle vueltas a lo terrible es necesario, porque existe, porque tiene que nombrarse, criticarse, analizarse, pero para avanzar hacia su transformación. Sin embargo, no paramos de caer en círculos de “indefensión aprendida”, de sentir que todo lo que hagamos no cambia nada. Que el presente es lo único posible, que nunca existirá nada mejor y que, como mucho, el pasado parecía más brillante. Resurge así la romantización de un guion ya escrito que parece más simple, aunque no lo sea y esconda muchas violencias.
Esta pequeña práctica en aula nos ayudaba a recoger pequeñas luces del día a día, a acompañar a las jóvenes a recolocar en el orden de importancia de sus recuerdos algunos cuidados y, sobre todo, a no perderlos de vista y a relacionarlos con valores que les parecen importantes para nuestras sociedades. Esos valores que escribían los pasábamos a la pizarra y los ampliábamos entre todxs. Después subrayamos los valores más presentes en sus centros, en sus aulas, en sus vidas. Y, sobre todo, cuáles quieren que tengan más cabida en su sociedad.
Quizás no se trata de decirles que hay que tener esperanza. Quizás se trata de ayudarles a encontrar las pequeñas pruebas de que aquello que queremos construir ya existe, aunque parezca frágil y este invisibilizado.
¿A vosotrxs también os cuesta recordar lo bonito? ¿Cómo hacéis para no perder la esperanza —ni el sentido de posibilidad— y transmitirla a vuestros grupos de jóvenes? ¿Tenéis alguna dinámica, pequeño gesto o estrategia que os funcione en el aula? Se aceptan tips, experiencias, fracasos y descubrimientos (;